#Relato3: Escena frente al mar

Una playa frente al mar. Sentado sobre la arena, Matías contempla el atardecer. A pocos
metros de distancia, a horcajadas encima de un pretil, Roberto tiene la vista fija en el
mismo punto. Ninguno habla. Es necesario aproximarse para leer sus pensamientos.

MATÍAS: Qué hermoso el mar y qué magníficos los rayos crepusculares. En ciertas
latitudes, al atardecer, acontece un fenómeno óptico conocido como el rayo verde. ¿Seré
capaz de verlo hoy? ¿Se me regalará su visionado? Según la leyenda marinera, un fulgor
verdoso aparece encima del sol justo antes de esconder su brillo. Aseguran que si dos
personas enamoradas consiguen verlo al mismo tiempo, su amor será eterno. Resulta algo
bonito en lo que creer. El rayo verde. El amor eterno…

ROBERTO: Qué maravilla el mar y qué regalo el sol que lo alimenta. ¿Qué verá la gente
cuando contempla ambos fenómenos? ¿Una masa de agua y una esfera incandescente?
¡Mar y sol bullen de vida! Quizá no se aprecie a simple vista, pero de ellos proviene la
fuente misma de la existencia, fitoplancton, responsable del 50% del oxígeno de la
atmósfera…

MATÍAS: No bien estoy frente a él, cada vez, el mar tiene la capacidad de ponerme
melancólico. Mírame, sumergido en mi monomanía, arrastrado hacia un estado de tristeza
que me hace pensar en María. Ah, María. Su ausencia continúa haciéndome daño. Ojalá
nuestra historia hubiese sido eterna, un amor predestinado a durar, de película, pero no.
Ella siempre ambicionó algo más que un profesor de literatura. Puedo revisitar mi pasado
y darle vueltas, en vano. María y yo nunca vimos juntos el rayo verde…

ROBERTO: Cuando les preguntan sobre la fotosíntesis, probablemente la mayoría de las
personas piensan en plantas terrestres. Pues se equivocan. Durante miles de millones de
años la fotosíntesis oxigénica fue privativa del fitoplancton. Sin esas bacterias y sin el sol
que las alimenta, ¡sin esa luz que las hace bullir!, la vida como la conocemos nunca
hubiese tenido lugar. Es necesario reivindicarlas. Salvo nosotros, los biólogos marinos,
nadie recuerda que el mar respira…

MATÍAS: Podría aprovechar estos rayos decadentes para componer algunos versos.
Veamos: «Piensa en la mar como un nuboso lienzo de amargura / una lágrima enorme /
acuarela de ti». Demasiado cursi. Intenta otra cosa. «Para pintar el sol / es necesario un
vértice violeta / un cardumen nervioso / una liturgia de algas». Recargado. Espantoso.
Mejor me dejo de juegos florales…

ROBERTO: Y su población sigue descendiendo, maldita sea. Desde 1950 hasta ahora, en
gran parte acelerado por el cambio climático, se calcula que el mar alberga un 40% menos
de fitoplancton. Esto es doblemente dramático, porque provoca que se absorba menos
CO2 de la atmósfera, lo que a su vez incide en un mayor impacto del cambio climático,
lo que a su vez repercute de nuevo en un descenso del fitoplancton. Qué espiral macabra.
Qué espantosa paradoja de muerte…

MATÍAS: Un ábrego suave me acaricia la piel, empieza a hacer frío. O quizá sea yo, no
lo sé, el caso es que estoy temblando. A veces resulta agradable ensimismarse en uno
mismo, reconcentrarse en los fracasos mirando el mar. Además, el color rojo de este
atardecer es como un cuadro de Turner, la violencia de los colores, el sol sangriento
amenazando con salirse del lienzo…

ROBERTO: ¿No sería posible crear ciertas medidas para salvaguardar el fitoplancton?
Del mismo modo que con el Protocolo de Montreal se limitaron los clorofluorocarburos
para recuperar la capa de ozono, ¿no sería posible cerrar un compromiso con los mares
de igual calado? ¿No somos conscientes de que dependemos de ellos más de lo que nos
gusta reconocer?

MATÍAS: Hora de regresar a casa, pronto la luz se esfumará. Otro día sin ver el rayo
verde, qué lástima todo. Me parece, amigo, que hoy no vas a dormir. Se viene otra noche
de pensamientos circulares alrededor de María…

ROBERTO: El tiempo se acaba. A este ritmo de destrucción del planeta, pronto será
irreversible. A nadie interesa escucharlo, pero es verdad. En fin, compañero, ignora tu
angustia y ponte en marcha. Otra noche de insomnio aguarda a la vuelta de la esquina…

El sol se esconde y el mar se abisma en una noche profunda. De forma pausada, Matías
y Roberto se levantan de sus asientos. Ambos abandonan la escena apesadumbrados,
hondamente preocupados, cada cual por diferentes motivos.

Eventos de La Cena Criminal

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada.


*