Autora: Elena Romá de Villegas
Cuando salí a la superficie lo primero que noté no fue la luz, ni el calor.
Fue el silencio.
Durante horas y horas había estado absorto en el submarino, rodeado del agua negra de la profundidad abisal, con su presión infinita; concentrado en la misión, en los datos, en el pitido constante de los sensores. Abajo el mundo era asfixiante, pero a la vez sencillo: solo la oscuridad, números… y mi respiración como compañía.
Pero mientras finalizaba el ascenso… algo no encajaba.
—Base, aquí Argos 6. Misión completada. Solicito confirmación.
Nada.
—Base, aquí Argos 6. Repito, solicito confirmación.
Ni una interferencia. Solo vacío.
El submarino rompió las olas con un golpe suave y abrí la escotilla ansiando el ruido del viento, lanchas a lo lejos… No escuché nada.
Divisé el barco de la compañía y allí me desplacé. Nadie esperaba en cubierta, no se veía movimiento. Subí a la nave con una sensación extraña en el pecho, como si el aire pesara más de lo normal.
—¿Hola?…
Miré a todas partes. Y entonces alcé la mirada al cielo.
El Sol estaba ahí… aunque no era el mismo. Un halo naranja lo rodeaba, irregular… Parpadeé y volví a mirar.
Seguía igual… ¿Y si había errado en la descompresión? Juraría que había realizado el procedimiento como siempre.
Avancé hacia la cubierta principal. La puerta estaba entreabierta, la empujé con cuidado. Dentro, nadie se movía.
—¿Qué…?
Uno de los técnicos estaba apoyado contra la mesa, inmóvil. Otro seguía sentado frente a la pantalla, los dedos sobre el teclado, como si hubiera dejado de escribir a mitad de una palabra.
Sus ojos estaban quemados, la piel arrugada.
Todos muertos.
Di un paso atrás, luego otro, hasta chocar con la pared.
Entonces lo entendí. Mientras yo estaba abajo, protegido del Sol bajo miles de metros de agua…todos habían sucumbido.
Volví al exterior. Estudié el mar y luego al Sol de nuevo. Y por primera vez, sentí miedo de verdad. Como si la Tierra… ya no fuera un lugar para vivir.
Primero me ardió la piel. Luego lo noté en el aire, al respirar.
Caí de rodillas, mirando el reflejo del Sol en el agua, deformado. Entendí la verdad…
No había sobrevivido…solo sería el último en morir.
En ese momento escuché un ruido del cielo y eché a reír aliviado. Recordaba a un helicóptero.
Alcé la vista y se me borró la sonrisa… no era un helicóptero. Asemejaba una nave, pero no como ningunas que hubiese visto nunca…más bien como las de las películas de ciencia ficción.
Me planteé esconderme, volver al agua…pero la alternativa ¿cuál era? ¿Morir?
La nave amerizó junto al barco, llenándome las pestañas de sal y la cara de agua fría. El aire me hizo cerrar los ojos y retroceder. Cuando pude abrirlos, una luz brillante salía de ella, una compuerta asomaba y un extraño ser caminaba hacia mí. Le seguían otros cuatro.
Tal vez hubiese sido mejor la enfermedad por descompresión.
El primero de ellos, con movimientos lentos, sacó un aparato y lo activó, dejando escuchar una voz:
—Saludos, superviviente. Venimos a rescatar especímenes que hayan sobrevivido al estallido solar. Debemos evacuarte a nuestro Planeta.
No podría haber hablado, aunque hubiera querido.
—No temas, humano. Tenemos intenciones pacíficas.
Dio un paso más hacia mí. Su piel —o lo que fuera aquello— reflejaba la luz del Sol de una forma que me hizo apartar la mirada. No parecía afectarle.
Levantó el dispositivo de nuevo.
—La radiación en superficie alcanzará niveles incompatibles con la vida en pocos minutos. Debemos evacuarte ahora, humano.
Pocos minutos.
Miré mis manos, la piel empezaba a enrojecerse y a tensarse.
—¿Hay… más? —logré decir.
—No se han detectado más supervivientes.
Las palabras pesaron más que el calor.
Di un paso, luego otro. Me obligué a no mirar atrás.
El interior de la nave era silencioso, aséptico. La compuerta se cerró sin hacer ruido.
Uno de ellos señaló hacia una abertura; desde allí podía ver la Tierra…o lo que quedaba de ella.
Se oscurecía por zonas, consumiéndose lentamente. El halo naranja del Sol se reflejaba sobre ella, extendiéndose como una mancha que no dejaba de crecer.
Tragué saliva.
—¿Adónde… me lleváis?
—A un entorno habitable —respondió el dispositivo—. Su especie será preservada.
“Su especie”.
Miré desolado lo que quedaba de la Tierra mientras la nave comenzó a alejarse.
Comprendí que, por primera vez, el Sol no daba vida… la quitaba.
Y yo… yo era todo lo que quedaba de ella.


Sé el primero en comentar