Relato ganador ‘La adolescencia del Sol’

El Sol se despertó con un humor cósmico con un humor magnético insoportable. Tras cuatro mil quinientos millones de años siendo el protagonista absoluto del sistema, aquella mañana se descubrió una mancha solar (formada por una temperatura menor que las áreas circundantes) justo en el ecuador de su superficie ¡Una imperfección, grito!

Mientras el helio de su núcleo sufría una punzada de ansiedad ¡Y justo hoy que tengo el tránsito de Venus (donde se alinea entre la Tierra y el Sol) y quería lucir un brillo impecable!, indignado el astro rey se miró en el reflejo de las capas de hielo de Plutón, y en un arrebato cósmico decidió que si el no estaba perfecto la galaxia tampoco.

Estaba a punto de lanzar una eyección de masa coronal (liberación masiva de plasma y campo magnético solar que provocarían fallos en redes eléctricas, interferencias en satélites, GPS y comunicaciones por radio) que dejaría a los terrícolas son Tik Tok durante una semana, y no pensaba pedir perdón por el despeinado electromagnético.

Enfadado por su apariencia en su interior se produce una fusión nuclear (convirtiendo hidrógeno en helio, liberando inmensas cantidades de energía en forma de luz y calor).

Mientras en su interior la fusión nuclear rugía con más intensidad de lo habitual, el Sol comenzó a acumular energía con una obstinación casi infantil. Las llamaradas crecían como berrinches luminosos, y la mancha solar —lejos de desaparecer— parecía ensancharse, como si se alimentara de su propio enfado.

Los planetas, testigos silenciosos de su drama estelar, empezaron a inquietarse.

Mercurio, siempre el más cercano, sintió el calor volverse insoportable y lanzó temidas súplicas que se evaporaron antes de llegar a la superficie solar. La Tierra, ajena al principio, comenzó a notar ligeras alteraciones: auroras boreales fuera de lugar, brújulas confundidas, satélites titubeando como si
dudaran de su propósito en la órbita. Venus, en pleno tránsito, intentó intervenir —cruzando con elegancia frente al disco solar como si fuera una bailarina interplanetaria—, pero el Sol apenas la percibió. Estaba demasiado pendiente de su propia imperfección.

—¿Cómo pueden admirarme así? —tronó en un estallido de plasma—. ¡Ni siquiera soy simétrico!

La tensión creció hasta el límite. La eyección de masa coronal (una gigante nube de plasma solar y campos magnéticos) estaba a punto de liberarse. Las líneas del campo magnético se retorcían como nervios tensos, listas para romperse.

¡Pero entonces ocurrió algo inesperado!

La mancha solar, esa pequeña imperfección que tanto lo atormentaba, comenzó a cambiar. No desapareció, pero se fragmentó en patrones complejos, creando una especie de textura única sobre su superficie. Por primera vez en miles de millones de años, el Sol no era perfectamente uniforme, era distinto.

Y en esa diferencia, había algo hermoso, único que no le desagradaba del todo. El Sol dudó y miró de nuevo su reflejo en los hielos de Plutón. Esta vez no buscó perfección, sino que entendió que la mancha no era un fallo, era una historia escrita en fuego y magnetismo, una señal de que incluso una estrella
podía cambiar.

Lentamente, el Sol dejó escapar la energía, pero no en forma de tormenta devastadora, sino en una danza controlada de radiación. Las auroras en la Tierra se intensificaron, pintando los cielos de colores imposibles. Los satélites temblaron, pero resistieron. Y los humanos, obligados a mirar hacia arriba por una vez, olvidaron por un momento sus dispositivos electrónicos a los cuales viven esclavizados.

El tránsito de Venus continuó, y esta vez el Sol lo contempló con calma. No como un evento que debía impresionar, sino como un instante que merecía ser compartido.

El Sol se dio cuenta que no necesitaba ser perfecto para ser observado.

La mancha solar siguió allí, girando lentamente con su superficie, como un recordatorio silencioso. Y por primera vez en cuatro mil quinientos millones de años, el Sol no quiso ser impecable. Solo quiso ser.

Así como el Sol, debemos querernos y aceptarnos tal y cual somos, inclusive con el cambios que el paso de los años nos produzca, porque no necesitamos la aprobación de nadie para brillar ni para ser admirados, solo necesitamos nuestra propia aceptación y debemos querernos a nosotros mismos tal y como somos. Ese amor propio hará que nosotros y nuestro alrededor brille, mostrando lo hermoso de las imperfecciones. Nunca dejes de amarte a ti mismo.

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